La
más antigua mención a escapar de los cautivos de la frontera nazarí-cristiana,
se produce en el Tratado de Vasallaje, en el año 1310, entre el emir Nasr y el
rey de Castilla Fernando IV, donde este último promete:
“Et si algun cativo fuxiere de la vuestra tierra a la nuestra e alguna
cosa truxiere, quel cuerpo dél quito et lo que troxiere se puesto en rrecabdo
et tornado a aquel cuyo fuere. Et estas cosas que sean guardadas tanbien de la
nuestra tierra a la vuestra”
El
cautivo que lograba escapar recuperaba la libertad, aunque si llevara cosas de
su antiguo amo, debían ser devueltas inmediatamente. Los fugitivos cristianos
recibieron ayudas como la instalación de faros, para orientar a los cautivos
que escaparan de noche del Reino de Granada.
Juan
conocía la piedad que incitaban los cautivos y sabía que debía encontrar
cristianos viejos para sentirse seguro. Así, cuando despertó en el abrigo
rodeado de madroñales, con las primeras luces tempranas, decidió iniciar el
camino hacia Alcalá de forma inmediata. Pronto estarían los soldados con los
perros buscando su rastro; la vida de él dependía del tiempo que tardaran en encontrar su
huella.
Los
madroñales mostraban distintos coloridos en sus bayas, que se unían a la belleza singular con sus
troncos rojizos y ramas grises. Sabía que era un árbol mágico para los nazaríes
y, cerca del abrigo, comprobó cómo Kala había atado un trozo de vestido a una de
sus ramas, donde habría realizado un voto, posiblemente para que la fuga de
Juan fuera un éxito y cumpliera la promesa de traer de nuevo a casa a Naima.
De
ahí, subiendo por la antigua vereda, caminó todo lo que le permitían sus
piernas, débiles por haber estado sometido a los grilletes, hasta las lomas que
coronan un hermoso paisaje. Ya no tenía más referencias de Kala; no obstante,
desde allí, sabía qué dirección había que tomar; llevaba sus recuerdos de su
pertenencia a las milicias jerezanas.
Sus
temores se situaban en algún mal encuentro. Ya que en el camino se podría tropezar con
Alfaqueques, numerosos comerciantes y
una gama de sujetos de distinta índole que pululaban en territorio
fronterizo. Lo que más le preocupaba era que fuese atrapado por sus guardianes
o toparse con enaciados, gente que cambiaba de religión a su antojo y
traicionaba incluso a sus correligionarios.
Ya
exhausto, en una garganta envuelta de laurel en cada palmo de terreno, se colmó
de esperanza, porque esas hojas duras en forma de lanza, así como el
extraordinario aroma de las que abundaban en ese lugar, le hacían sentir
plenamente embriagado y confiado. Tanto que
no advirtió que no se encontraba solo en esa garganta asombrosa; aun así, esos
buenos augurios estaban bien sustentados.
En
la mismo lugar se encontraba de paso el Adalid Álvaro Martínez, con diez
hombres. Caminaban con las riendas de sus caballos en sus manos por ese terreno
abrupto, como una línea de avanzadilla y reconocimiento, controlando y
estudiando el terreno de posibles entradas de nazaríes, que pudieran llegar de
zonas como Xemina, donde se encontraba la fortaleza que estaba cautivo Juan, Castellar,
la serranía de Villaluenga o el arroyo de Benajima.
Si
en un principio no pudo evitar un cierto temor, ya que la tropa que estaba al
servicio del caballero evidenciaba su condición de “elches”, renegados de la
frontera, probablemente reclutados de cuadrillas de almogáraves capturados,
conocía el buen nombre, la honradez y la fama que precedían a Álvaro Martínez.
Un
adalid debe estar dotado de sensatez y sabiduría; de su valor y astucia dependían
las huestes que le acompañaban. En más de una ocasión, al borde de la muerte,
siempre dispuesto a ayudar a sus convecinos, siempre lleno de honores y
estipendios, aunque no siempre todos actuaban de la misma forma. Si no era una
persona honesta y ejemplar y se dejaba sobornar por el enemigo, se convertía, a
su vez, en un enemigo, aunque muy peligroso.
Álvaro
Martínez sabía el peligro que tenía enseñar a un nuevo Adalid. Aunque no tardó en
darse cuenta de que Juan era un muchacho prometedor, después de ofrecerle viandas,
un poco de vino y conocer los detalles de su fuga. No quedaba más remedio que
asombrarse ante su valentía; además de agallas, era hombre de honor, se podía apreciar
en su mirada, mantenida de forma firme. Si se le añadía su conocimiento del
pueblo nazarí y de la frontera, hacía que no le cupiera la menor duda; era el
perfecto aprendiz de Adalid que necesitaba. Así que le propuso que se pusiera a
su servicio. Juan, lleno de orgullo, le contestó:
—Es un honor para mí, mi señor, quiero que sepa que
tengo asuntos que resolver; me tendrá a su servicio en cuanto estén resueltos.
—¿Asuntos que resolver, un cautivo que busca su
redención? Todos los caminos te llevan al mejor de los alfaqueques o al mejor
de los adalides; toma tu tiempo y ven a buscarme por las mejores ventas de
Jerez; más tarde o temprano estaremos pisando cada una de ellas; necesitarás mi
ayuda. (respondió Álvaro Martínez entre grandes risotadas)
Así
que, tras dejarle en una posada en el mismo Alcalá, dinero suficiente para
cambiar sus ropajes y alimentos, Juan hizo la promesa de que le buscaría, promesa
que no era ni siquiera necesaria para el caballero, porque estaba seguro de que se
volvería a tropezar; daba ya por hecho que había encontrado su aprendiz de
Adalid.
Tras
recuperarse, dos días más tarde, de camino, Juan entró en su casa y se fundió
con un sentido abrazo con su madre y su hermano Benito. Preguntándole a su
madre dónde se encontraba su padre, se dirigió hacia el huerto cercano de la
familia.
En
el camino llegaba Naima de la fuente, con el cántaro lleno en el brazo; sus
miradas se encontraron y no tardaron en reconocerse el uno al otro. En la
profundidad de sus ojos estaban Badriya por un lado y Benito por el otro, las únicas
personas que le habían mostrado cariño y esperanza a los cautivos. Naima no pudo dejar de sentir un profundo recelo, que hizo que cayera el cántaro al suelo y
se rompiera. Juan bajó la vista avergonzado; había comprendido.
Cuando
se acercó su padre y abrazó a su primogénito, lleno de alegría, notó cómo su
hijo no era el mismo; notaba un extraño desapego que asumía debido a las
penalidades sufridas como cautivo. Pensaba que pronto se le pasaría y lo llevó
hasta su casa para celebrar con vino su vuelta. Esa misma noche, ebrio de vino
y regocijo, una vez solo, se dirigió hacia la cuadra donde dormía la cautiva,
como una más de esas malditas noches que abusaba de ella.
Juan
le estaba esperando; había unas mantas en el suelo. Pareciera que el tiempo se
hubiese parado ante su figura. Su padre le dijo:
—Apártate del camino, hijo, no tiene nada que ver
contigo
—Padre, yo también he sido cautivo. (Le contesto,
mientras le ponía la mano en su hombro, con la mirada llena de furia y firmeza).
Su
padre se dio cuenta de su determinación, tomó camino hacia la casa y en el
camino sintió que su alma estaba sucia y rezó para que su hijo pudiera
perdonarle alguna vez.
Juan
cogió las mantas del suelo, llamó a la puerta desde fuera y abrió los cerrojos,
le entregó las mantas a Naima en su mano y le dijo:
—Pronto estarás con Badriya, en brazos de vuestra
madre
Naima
no pudo articular palabras; Juan se dio la vuelta y cerró la puerta, esta vez y
ya para siempre sin cerrojos. Aquella noche también se llenaron de lágrimas sus
ojos, soñó con las caricias de su madre, las orillas del río que tanto amaba y
también, sin darse cuenta, con Juan, el hombre que la había protegido. No
obstante, esta vez no hubo un río de lágrimas; pronto se cayó en un profundo
sueño, como no lo había hecho desde antes de ser cautiva, tal vez porque desde
ese momento, tal vez para siempre, se sentía como una mujer verdaderamente libre.

Precioso texto Eduardo. Estamos impacientes por recibir la próxima entrega
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