miércoles, 30 de diciembre de 2015

Cautivos en la Frontera III: El Aprendiz de Adalid.


La más antigua mención a escapar de los cautivos de la frontera nazarí-cristiana, se produce en el Tratado de Vasallaje, en el año 1310, entre el emir Nasr y el rey de Castilla Fernando IV, donde este último promete:

“Et si algun cativo fuxiere de la vuestra tierra a la nuestra e alguna cosa truxiere, quel cuerpo dél quito et lo que troxiere se puesto en rrecabdo et tornado a aquel cuyo fuere. Et estas cosas que sean guardadas tanbien de la nuestra tierra a la vuestra”

El cautivo que lograba escapar recuperaba la libertad, aunque si llevara cosas de su antiguo amo, debían ser devueltas inmediatamente. Los fugitivos cristianos recibieron ayudas como la instalación de faros, para orientar a los cautivos que escaparan de noche del Reino de Granada.


Juan conocía la piedad que incitaban los cautivos y sabía que debía encontrar cristianos viejos para sentirse seguro. Así, cuando despertó en el abrigo rodeado de madroñales, con las primeras luces tempranas, decidió iniciar el camino hacia Alcalá de forma inmediata. Pronto estarían los soldados con los perros buscando su rastro; la vida de él dependía del tiempo que tardaran en encontrar su huella.

Los madroñales mostraban distintos coloridos en sus bayas, que se unían a la belleza singular con sus troncos rojizos y ramas grises. Sabía que era un árbol mágico para los nazaríes y, cerca del abrigo, comprobó cómo Kala había atado un trozo de vestido a una de sus ramas, donde habría realizado un voto, posiblemente para que la fuga de Juan fuera un éxito y cumpliera la promesa de traer de nuevo a casa a Naima.

De ahí, subiendo por la antigua vereda, caminó todo lo que le permitían sus piernas, débiles por haber estado sometido a los grilletes, hasta las lomas que coronan un hermoso paisaje. Ya no tenía más referencias de Kala; no obstante, desde allí, sabía qué dirección había que tomar; llevaba sus recuerdos de su pertenencia a las milicias jerezanas.

Sus temores se situaban en algún mal encuentro. Ya que en el camino se podría tropezar con Alfaqueques, numerosos comerciantes y  una gama de sujetos de distinta índole que pululaban en territorio fronterizo. Lo que más le preocupaba era que fuese atrapado por sus guardianes o toparse con enaciados, gente que cambiaba de religión a su antojo y traicionaba incluso a sus correligionarios.

Ya exhausto, en una garganta envuelta de laurel en cada palmo de terreno, se colmó de esperanza, porque esas hojas duras en forma de lanza, así como el extraordinario aroma de las que abundaban en ese lugar, le hacían sentir plenamente embriagado y confiado.  Tanto que no advirtió que no se encontraba solo en esa garganta asombrosa; aun así, esos buenos augurios estaban bien sustentados.

En la mismo lugar se encontraba de paso el Adalid Álvaro Martínez, con diez hombres. Caminaban con las riendas de sus caballos en sus manos por ese terreno abrupto, como una línea de avanzadilla y reconocimiento, controlando y estudiando el terreno de posibles entradas de nazaríes, que pudieran llegar de zonas como Xemina, donde se encontraba la fortaleza que estaba cautivo Juan, Castellar, la serranía de Villaluenga o el arroyo de Benajima.

Si en un principio no pudo evitar un cierto temor, ya que la tropa que estaba al servicio del caballero evidenciaba su condición de “elches”, renegados de la frontera, probablemente reclutados de cuadrillas de almogáraves capturados, conocía el buen nombre, la honradez y la fama que precedían a Álvaro Martínez.

Un adalid debe estar dotado de sensatez y sabiduría; de su valor y astucia dependían las huestes que le acompañaban. En más de una ocasión, al borde de la muerte, siempre dispuesto a ayudar a sus convecinos, siempre lleno de honores y estipendios, aunque no siempre todos actuaban de la misma forma. Si no era una persona honesta y ejemplar y se dejaba sobornar por el enemigo, se convertía, a su vez, en un enemigo, aunque muy peligroso.

Álvaro Martínez sabía el peligro que tenía enseñar a un nuevo Adalid. Aunque no tardó en darse cuenta de que Juan era un muchacho prometedor, después de ofrecerle viandas, un poco de vino y conocer los detalles de su fuga. No quedaba más remedio que asombrarse ante su valentía; además de agallas, era hombre de honor, se podía apreciar en su mirada, mantenida de forma firme. Si se le añadía su conocimiento del pueblo nazarí y de la frontera, hacía que no le cupiera la menor duda; era el perfecto aprendiz de Adalid que necesitaba. Así que le propuso que se pusiera a su servicio. Juan, lleno de orgullo, le contestó:
—Es un honor para mí, mi señor, quiero que sepa que tengo asuntos que resolver; me tendrá a su servicio en cuanto estén resueltos.
—¿Asuntos que resolver, un cautivo que busca su redención? Todos los caminos te llevan al mejor de los alfaqueques o al mejor de los adalides; toma tu tiempo y ven a buscarme por las mejores ventas de Jerez; más tarde o temprano estaremos pisando cada una de ellas; necesitarás mi ayuda. (respondió Álvaro Martínez entre grandes risotadas)

Así que, tras dejarle en una posada en el mismo Alcalá, dinero suficiente para cambiar sus ropajes y alimentos, Juan hizo la promesa de que le buscaría, promesa que no era ni siquiera necesaria para el caballero, porque estaba seguro de que se volvería a tropezar; daba ya por hecho que había encontrado su aprendiz de Adalid.

Tras recuperarse, dos días más tarde, de camino, Juan entró en su casa y se fundió con un sentido abrazo con su madre y su hermano Benito. Preguntándole a su madre dónde se encontraba su padre, se dirigió hacia el huerto cercano de la familia.

En el camino llegaba Naima de la fuente, con el cántaro lleno en el brazo; sus miradas se encontraron y no tardaron en reconocerse el uno al otro. En la profundidad de sus ojos estaban Badriya por un lado y Benito por el otro, las únicas personas que le habían mostrado cariño y esperanza a los cautivos. Naima no pudo dejar de sentir un profundo recelo, que hizo que cayera el cántaro al suelo y se rompiera. Juan bajó la vista avergonzado; había comprendido.

Cuando se acercó su padre y abrazó a su primogénito, lleno de alegría, notó cómo su hijo no era el mismo; notaba un extraño desapego que asumía debido a las penalidades sufridas como cautivo. Pensaba que pronto se le pasaría y lo llevó hasta su casa para celebrar con vino su vuelta. Esa misma noche, ebrio de vino y regocijo, una vez solo, se dirigió hacia la cuadra donde dormía la cautiva, como una más de esas malditas noches que abusaba de ella.

Juan le estaba esperando; había unas mantas en el suelo. Pareciera que el tiempo se hubiese parado ante su figura. Su padre le dijo:
—Apártate del camino, hijo, no tiene nada que ver contigo
—Padre, yo también he sido cautivo. (Le contesto, mientras le ponía la mano en su hombro, con la mirada llena de furia y firmeza).
Su padre se dio cuenta de su determinación, tomó camino hacia la casa y en el camino sintió que su alma estaba sucia y rezó para que su hijo pudiera perdonarle alguna vez.

Juan cogió las mantas del suelo, llamó a la puerta desde fuera y abrió los cerrojos, le entregó las mantas a Naima en su mano y le dijo:
—Pronto estarás con Badriya, en brazos de vuestra madre


Naima no pudo articular palabras; Juan se dio la vuelta y cerró la puerta, esta vez y ya para siempre sin cerrojos. Aquella noche también se llenaron de lágrimas sus ojos, soñó con las caricias de su madre, las orillas del río que tanto amaba y también, sin darse cuenta, con Juan, el hombre que la había protegido. No obstante, esta vez no hubo un río de lágrimas; pronto se cayó en un profundo sueño, como no lo había hecho desde antes de ser cautiva, tal vez porque desde ese momento, tal vez para siempre, se sentía como una mujer verdaderamente libre.

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