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Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani ostentaba el cargo de al-Qaid
y el principal mando militar de la importante ciudad nazarí de Ronda. Emparentado
con la familia de los Abencerrajes, ejercía una enorme influencia en toda la
Serranía de Ronda.
Era una década de luchas internas en los reinos cristianos;
por ello estaban debilitados. Las razias, en donde un pequeño grupo de hombres
a caballo asaltaba casas y campos, robando ganados, bienes y apresando
cautivos, se convirtieron en algo común en el territorio cristiano fronterizo
en ese periodo.
Ibrahim era un noble nazarí que soñaba con recuperar todo lo que al-Ándalus había
perdido. Encabezaba, en ocasiones, a un grupo de sus mejores soldados en las
incursiones, portando el pendón blanco con un sol y una luna, emblema del poder
rondeño. Ceñida su cintura con una espada de hoja recta, en su empuñadura y
guarnición contaba con la imagen de un cernícalo, que le protegía la mano. En
la grupa de su caballo se veían adornos de estrellas y motivos de zig-zag.
Aquella noche partía hacia a una villa, coronada por una
fortificación, que habían tomado los cristianos diecinueve años antes, propiciada
por la celada de un afamado adalid y un traidor que había vendido a su gente
por un pobre puñado de monedas. Había conocido la villa cuando era uno de los
tesoros del reino; desde lo más alto de la fortificación, en los días de
poniente se veía la imponente figura de Yabal al-Fath, el puente que enlazaba
al-Andalus con África.
Abdel Karim, su lugarteniente, había nacido en esa villa
cuando todavía era territorio del sultán. En el infeliz día que se perdió la
villa por huestes cristianas, su padre fue asesinado al presentar resistencia y
tuvo que partir fuera del hogar con su madre, dejando todas sus pertenencias; era
tan solo un niño.
En el camino de huida, cuando comenzaban a aparecer las luces
del alba, ya fuera por el frío y la intensa lluvia o por el dolor de la pérdida
de su esposo, encontró a su madre sin vida. Llevaba fuertemente agarrado en sus
manos el cinturón rojo que llevaba puesto su padre en su último día. Abdel
Karim corrió con todas las fuerzas que le quedaban, con sus ojos llenos de
lágrimas, sin que pudiera ser alcanzado por los acompañantes que le habían escoltado
a él y a su madre en la triste huida.
Sin darse cuenta, acabó capturado en territorio cristiano y
le echaron los hierros a los pies en un barco portugués. De la casa de un
comerciante de Ceuta pasó a ser vendido a un noble de Fez, para que se dedicara
a las actividades domésticas y artesanales, aunque nunca perdió su deseo de
volver a su tierra y sus ansias de libertad.
En una embajada diplomática nazarí al ya decadente gobierno
meriní de Fez, Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani conoció la existencia de Abdel
Karim y negoció su compra con su dueño. Fue cambiado por palos de áloe que solo crecían en la India y en al-Andalus, de mucho valor porque se quemaban con ámbar
gris en las mezquitas para perfumarlas la última noche de Ramadán.
Le otorgó la libertad nada más pisar tierras granadinas y le
ofreció que se alistara en su guardia personal. Después de duros entrenamientos,
se convirtió en uno de sus mejores hombres, convirtiéndose en naqib o capitán
de sus tropas y en su hombre de confianza.
Cuando dejaron a un lado al río Wãdi Yãru, su corazón
vibraba con fuerza; a su mente llegaba el recuerdo de sus padres y el tiempo de
cautiverio. Cerca de la fortificación encontraron su presa a la vista; a punto de amanecer, dos pastores
acompañaban su rebaño de carneros. En ese momento, Abdel Karim encontró a un
cristiano viejo que iba acompañado de dos musulmanes y dos niñas pequeñas. La
suerte estaba del lado de los pastores esa mañana.
Llevados delante del
al-Qaid, ellos mismos informaron que eran un mayordomo de una familia noble de
Jerez que había traicionado a su señor, con la ayuda de los dos esclavos que le
acompañaban. Mataron a su dueño, robando parte de sus pertenencias; había
violado a su mujer y se había llevado como rehenes a sus dos hijas pequeñas.
El mayordomo conocía el
camino desde Alcalá hacia los aledaños de la viña de Abdel y del río Wãdi
Yãru, para desde ahí dirigirse a Ronda
sin ser vistos; se sentía feliz porque precisamente su intención era ofrecerle las
dos niñas como esclavas y los bienes robados a su al-Qaid. Sus planes no podían
estar más equivocados.
El semblante serio y
duro de Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani y de su naqib no dejaba
lugar a dudas. Inmediatamente ordenaron que el cristiano y los esclavos fugados
fuesen atados, recogieron a las niñas pequeñas y volvieron a Ronda, olvidando el
beneficio que tenía delante con el rebaño y los pastores.
Una vez en Ronda, el al-Qaid ordenó empalar al mayordomo
infiel, castigó a sus cómplices y
devolvió a las dos niñas a su madre desesperada, con todos los bienes que le había
sustraído y algunos presentes de valor que supo bien aportar.

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