martes, 2 de agosto de 2016

El al-Qaid de Ronda: el naqib liberto y el mayordomo infiel



 
Extraído en: http://blogarqueologiavirtual.cursodesearchmarketing.com/galeria-de-ilustraciones-arqueologicas/razzia-copiar/
 Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani ostentaba el cargo de al-Qaid y el principal mando militar de la importante ciudad nazarí de Ronda. Emparentado con la familia de los abencerrajes ejercía una enorme influencia en toda la Serranía de Ronda.


Era un década de luchas internas en los reinos cristianos, por ello estaban debilitados. Las razias, en donde un pequeño grupo de hombres a caballos asaltaban casas y campos, robando ganados, bienes y apresaban cautivos, se convirtieron en algo común en el territorio cristiano fronterizo en ese periodo.

Ibrahim era un noble nazarí que soñaba con recuperar todo lo que al-Andalus había perdido. Encabezaba, en ocasiones, a un grupo de sus mejores soldados en las incursiones, portando el pendón blanco con un sol y una luna, emblema del poder rondeño. Ceñida su cintura con una espada de hoja recta, en su empuñadura y guarnición contaba con la imagen de un cernícalo, que le protegía la mano. En la grupa de su caballo se veía adornos de estrellas y motivos de zig-zag.


Aquella noche partía hacia a una villa, coronada por una fortificación, que habían tomado los cristianos diecinueve años antes, propiciada por la celada de un afamado adalid y un traidor que había vendido a su gente por un pobre puñado de monedas. Había conocido la villa cuando era uno de los tesoros del reino, desde lo más alto de la fortificación en los días de poniente se veía la imponente figura de Yabal al-Fath, el puente que enlazaba al-Andalus con África.


Abdel Karim, su lugarteniente, había nacido en esa villa cuando todavía era territorio del Sultán. En el infeliz día que se perdió la villa por huestes cristianas, su padre fue asesinado al presentar resistencia y tuvo que partir fuera de hogar con su madre dejando todas sus pertenencias, era tan sólo un niño.


En el camino de huida, cuando comenzaba a aparecer las luces del alba, ya fuera por el frío y la intensa lluvia o por el dolor de la pérdida de su esposo, encontró a su madre sin vida, llevaba fuertemente agarrado en sus manos el cinturón rojo que llevaba puesto su padre en su último día. Abdel Karim corrió con todas las fuerzas que le quedaban, con sus ojos llenos de lágrimas, sin que lo pudiera ser alcanzado por los acompañantes que le habían escoltado a él y a su madre en la triste huída.


Sin darse cuenta acabó capturado en territorio cristiano y le echaron los hierros a los pies en un barco portugués. De la casa de un comerciante de Ceuta pasó a ser vendido a un noble de Fez, para que se dedicara a las actividades domésticas y artesanales, aunque nunca perdió su deseo de volver a su tierra y sus ansias de libertad.


En una embajada diplomática nazarí al ya decadente gobierno meriní de Fez, Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani conoció la existencia de Abdel Karim y negoció su compra con su dueño. Fue cambiado por palos de áloe que sólo crecía en la India y en al-Andalus, de mucho valor porque se quemaban con ámbar gris en las Mezquitas para perfumarlas la última noche de ramadán.


Le otorgó la libertad nada más pisar tierras granadinas y le ofreció que se alistara en su guardia personal. Después de duros entrenamiento se convirtió en unos de sus mejores hombres, convirtiéndose en naqib o capitán de sus tropas y en su hombre de confianza.


Cuando dejaron a un lado al río Wãdi Yãru,  su corazón vibraba con fuerza, a su mente llegaba el recuerdo de sus padres y el tiempo de cautiverio. Cerca de la fortificación encontraron  su presa a la vista, a punto de amanecer dos pastores acompañaban su rebaño de carneros, en ese momento Abdel Karim encontró a un cristiano viejo que iba acompañado de dos musulmanes y dos niñas pequeñas. La suerte estaba de lado de los pastores esa mañana.


Llevados delante del al-Qaid, ellos mismo informaron que eran un mayordomo de una familia noble de Jerez que había traicionado a su señor, con la ayuda de los dos esclavos que le acompañaban. Mataron a su dueño, robando parte de sus pertenencias, había violado a su mujer y se había llevado como rehenes a sus dos hijas pequeñas.


El mayordomo conocía el camino desde Alcalá hacia los aledaños de la viña de Abdel y del río Wãdi Yãru, para desde ahí dirigirse a Ronda sin ser vistos, se sentía feliz porque precisamente su intención era ofrecerle las dos niñas como esclavas y los bienes robados a su al-Qaid. Sus planes no podían estar más equivocados.


El semblante serio y duro de Ibrahim b. Muhammad al-Qabsani y de su naqib no dejaban lugar a dudas. Inmediatamente ordenaron que el cristiano y los esclavos fugados fuesen atados, recogieron a las niñas pequeñas y volvieron a Ronda olvidando el beneficio que tenía delante con el rebaño y los pastores.


Una vez en Ronda el al-Qaid ordenó empalar al mayordomo infiel, castigó a  sus cómplices y devolvió a las dos niñas a su madre desesperada, con todos los bienes que le había sustraído y algunos presentes de valor que supo bien de aportar.

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