jueves, 2 de julio de 2020

LA PRIMERA VEZ

Un nuevo relato de Manolo Mata, para disfrutar de su pluma interesante y entretenida


RELATOS DE MANOLO MATA EN EL BLOG


LA PRIMERA VEZ

 La primera vez que estuve con una  mujer fue un día de primavera de 2004 en Algeciras, y, ella, se parecía mucho a Ivonne Reyes.

CAPÍTULO I.-

Entonces vivíamos la familia al completo en la casa propiedad de mis abuelos en calle La Palma, me faltaba un mes para cumplir los dieciocho, había aprobado sin dificultad los dos cursos de Bachillerato en el Instituto Hozgarganta, y estaba a la espera de la nota de Selectividad.

Mantenía con mi padre una pugna, respetuosa por ambas partes, sobre mi futuro vital y profesional, pues él -los padres ya se sabe- quería que estudiase para arquitecto (aprovecha el boom inmobiliario, hijo) pero mi sueño era licenciarme en Latín y Griego. Finalmente, y por no dejar al lector con la incertidumbre en este punto, diré, que, como hijo obsecuente que soy, llegamos a una entente cordiale y estudié  las dos carreras. A la vez.

Por aquella época yo era tímido e introvertido, tenía un gran sentido del ridículo, y me costaba mucho comunicarme con los demás, especialmente con las chicas, por culpa de una conciencia demasiado exigente e inflexible que me hacía vivir en una angustia permanente. Angustia que, en consecuencia, propiciaba una desaforada  afición a la buena mesa.

 O sea, sí, estaba un poquito gordo.

 Así que, en mis ratos de ocio, cuando no jugaba de portero suplente en el equipo de fútbol local, me  encerraba en la lectura, y, venciendo el pudor, en la escritura.

Era autor de una sola obra: “El-Zahîr de Khimina”, que releía y enmendaba una y otra vez, eliminando comas, añadiendo puntos, o sustituyendo palabras por sus sinónimas. Con este relato participé en el Certamen “Diego Bautista Prieto” aquel año que quedó desierto porque el ganador no llegó a identificarse en el sobre que, obligatoriamente, debe adjuntarse a la narración. Según comentó el portavoz del jurado sólo contenía una cuartilla con una cruz griega dibujada en el centro a modo de firma o tarjeta de presentación…. y despedida.

“El-Zahîr de Khimina” contaba la historia de un mozárabe que vivía solo en una humilde choza levantada sobre la ladera norte del cerro llamado hoy de San Cristóbal a finales del siglo X.

 Una época, en  la que el esplendor y el dominio musulmán en la península Ibérica se hallaban en su máximo apogeo pues hacía pocos años que Abderramán III había proclamado la independencia de Córdoba, lo que supuso la ruptura, incluida la obediencia religiosa, con los Califas de Bagdad. Tiempo después, con la breve pero fructífera gobernanza de su hijo Al-Hakam II, convino un periodo de paz que sirvió para que Al Andalus, y Córdoba en particular, conocieran un espectacular desarrollo de las artes, la cultura, la arquitectura y el bienestar de sus súbditos.

 Al-Hakam murió a la temprana  edad de dieciséis años sucediéndole su hijo His-ham II, todavía un niño por lo que el poder lo asumió temporalmente su tutor Ibn Abi Amir, conocido más tarde por el sobrenombre de  Al-Mansur  bi-llah, o sea, “El Victorioso por Allah”. O sea, Almanzor.

Bien, pues El-Zahîr regentaba un puesto de frutas y verduras en el mercadillo que los fines de semana instalaban, con permiso del cadí, en el patio de armas del recinto amurallado de Khimina.

Como novedosa técnica de ventas, El-Zahir invitaba a mujeres jóvenes y  lozanas, con la belleza aún en agraz, a probar la frescura de sus naranjas, troceando y ofreciendo la dulce carnosidad del fruto a la tentadora boca de la clientela. Tras el bocado, y medio en serio medio en broma, leía, sobre la pulpa jugosa, los dientes aún marcados, el futuro que el Destino, o el Azar, le tenía reservado a la moza en cuestión: “Tendrás una vida sana; tus padres concertarán un buen matrimonio para ti; casarás con un hombre mayor que tú; mejorarás de linaje social y económico; tendrás varios hijos; ejercerás de madre abnegada y atenta; serás fértil hasta cerca de los cuarenta”. Acertaba en el noventa y cinco por ciento de los casos.

 

Tal fue su fama de visionario, que el mismísimo Abu Amir Muhammad Al Mansur,  lo incorporó, como augur, a su séquito, acompañándole y asesorándole desde entonces, en intrigas, aceifas y batallas a lo largo de más de diez años, guerreando y arrasando ciudades como Zamora, Simancas, Tarragona, el monasterio de San Millán de la Cogolla, o la mismísima Compostela.

Antes de tomar una decisión, tras la salmodia del muecín, el general visitaba la tienda de campaña de El Zahîr, y, a modo de oráculo de Delfos, escuchaba, delante de una naranja partida en dos, el vaticinio sobre cómo se iban a desarrollar los acontecimientos en los próximos días.

 Y no crean que sus pronósticos se basaban en simples conjeturas o intuiciones basadas en una supuesta clarividencia. No. Se fundamentaban en una serie de variables cualitativas y cuantitativas -lo que hoy podríamos llamar análisis científico-: cálculo de probabilidades, estadística inferencial, estudios demográficos y demoscópicos, examen exhaustivo de información relevante, de escenarios, de datos, de correlación y regresión, diagramas de dispersión… Una especie de “Big data” del siglo X.

Todo acabó durante la primera semana de julio de 1002 en los alrededores de un miserable villorrio llamado Calatañazor en la actual provincia de Soria cuando, tras diseccionar una naranja sanguina, pávido ante el zumo rojo que manaba, nuestro personaje aconsejó, fervientemente,  a su, invicto hasta entonces caudillo, que replegara fuerzas y no se enfrentara al poderoso ejército que la triple alianza cristiana del conde Sancho-García de Castilla, Alfonso V de León y García-Sánchez de Navarra, tenía acampado a poco más de cinco leguas. Que ya se presentaría mejor ocasión.

Pero el hombre es capaz de perdonar todo, menos que le digan la verdad.

 ¡Almanzor no era Almanzor ¡  el ceño fruncido, los ojos rojos por la ira, borbotones de espumarajos por la boca, un puñetazo sobre la mesa -que le costó la fractura del dedo meñique de la mano derecha- y una llamada a su guardia personal para que, de un naranjo amargo, colgaran al insurrecto, acusado de sedición, cobardía, y, peor aún, de trabajar, subrepticiamente, para el enemigo.

De esta forma, abrupta, trágica y lamentable, finalizaba el relato.

CAPÍTULO II.-

Bueno, con la perspectiva de mi próxima marcha a la Universidad de Granada, y dado que había que hacer sitio en el mueble-bar al aparato de televisión, al karaoke de mi hermana, al ordenador que le regalamos a mi padre por su cumpleaños, y a la Play Statión de mi hermano, mamá decidió que había que deshacerse de los numerosos libros que, por armarios y anaqueles, había esparcidos por toda la vivienda.

 

Los libros y las películas son sólo ilusiones, y una vez leídos o vistas, no sirven más que para estorbar y coger polvo, dijo tras una larga y encarnizada disputa matutina.  Subida, a pesar de su edad, a una silla, mirándome con cierta animadversión, fue retirando los libros de las estanterías uno por uno y, a modo de ultimátum, me dio  la orden de venderlo todo, o en veinticuatro horas estaría todo en el contenedor de papel y cartón que ARGISA tenía frente a mi casa.

CAPÍTULO III.-

Así que una luminosa mañana de sábado subí al tren de cercanías que en cuarenta minutos nos dejaba en la terminal de Renfe de Algeciras.

 La ciudad, en aquel tiempo, estaba regida por un alcalde de izquierdas, progre e intelectual, que con notable expectación había organizado la I Muestra Internacional del Libro Antiguo. En realidad era un mercadillo de libros usados y fuera de catálogo, pero, que, al contar con algún vendedor invitado a gastos pagados de Gibraltar y Tánger, le confería ese aire trascendente y cosmopolita que el promotor perseguía.

Poco después del mediodía salí de la Estación algecireña con el petate que mi padre usó durante la mili al hombro, cargado de libros y enfilando la avenida Agustín Bálsamo camino de la Plaza Alta donde se celebraba el evento.

 El semáforo situado en el cruce entre Juan Morrisón y General Castaños nos pilló a los peatones en rojo. Tiempo de espera, que yo dediqué a mirar ora hacia las nubes, ora hacía el suelo, hasta que observo con estupor, que una  chica joven y morena, ligeramente maquillada, media melena peinada con esmero, cuello adornado con una gargantilla de flores de tela rosa entretejida con cuentas de malaquita, falda plisada del mismo color, blusa con encajes de chantilly, botines negros, y que se parecía un montón a Ivonne Reyes, abre, sin mi permiso, la cremallera del macuto y tras remover y curiosear mis libros, saca  “Madame Bovary”  proponiéndome besarme en los labios -como sólo lo hacen las mujeres en las despedidas para siempre- si se lo regalaba.

 Era ese tipo de mujer dulce y sensual, eurítmica y descarada, de la que yo podía enamorarme en un par de minutos  -Saldrás ganando, Marlon Brando- sentenció.  De manera que, cumplido el tiempo, cuando yo ya estaba loca y absurdamente seducido, no sólo consentí en regalarle la novela de Flaubert, sino que, mientras me ofrecía su boca, creyéndome en el jardín de las delicias, también prometí regalarle una flor.

Como no disponía en aquel momento de claveles o rosas, además de la novela sobre la vida de Emma Rouault, también le obsequié con “La Plenitud de una vida” de Simone de Beauvoir, y un poemario de Neruda, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.  Pero a Ivonne Reyes más que la poesía lo que le gustaba era el dinero. Y como yo seguía aferrado a sus labios y no había fuerza humana, ni divina, que pudiera ser capaz de apartarme de ellos, tras un mordisco en mi labio inferior, entrelazando sus muslos con los míos, me susurró al oído que, si yo quería, se acostaba conmigo por una cantidad a acordar, más todos mis libros.

CAPÍTULO IV.-

Camino del hostal donde ella tenía reservada habitación de forma permanente, me confesó que sólo llevaba seis meses ejerciendo, y, que, aunque en las páginas de relax de “Europa Sur” venía anunciada como Margot, en realidad se llamaba Asunción; que me hizo la oferta porque desde pequeña le apasionaba la literatura y, que, ahora, mientras espera que suene el móvil para prestar un servicio, le sobra tiempo para leer.

 Me contó que sus últimas lecturas habían sido los poemas de Mallarmé y “Oda Marítima” de Fernando Pessoa escrita bajo el seudónimo de Álvaro de Campos; que era licenciada en Filología Hispánica, y que, siempre, había sentido gran debilidad por los hombres tímidos y frágiles. Como yo.

También afirmó -abrió un ejemplar del periódico para que lo comprobara-  que su tarifa no bajaba de los trescientos euros. Y como, según ella, los libros no debían de valer más de doscientos, no sólo tuve que hacerme cargo de los gastos de la pensión, sino que me obligó, antes de subir, a pagarle la diferencia que, según sus cálculos,  había entre la tarifa consignada en el diario y el coste de los libros en cuestión.

CAPITULO V.-

La recepción del Hotel Berlín -dos estrellas- se limitaba a un  sofá de escay, una mesa de formica reciclada con varios periódicos comarcales de distribución gratuita desperdigados sobre el tablero, un falso óleo colgado en la pared en el que unos mastines atacaban ferozmente a un poderoso ciervo, y un mostrador de madera blanda, color rojizo imitación a cedro, carcomido y astillado, situado bajo la escalera de acceso al primer piso. Detrás, un tipo de origen magrebí, cetrino y pelo blanco que raleaba en el cráneo, cara ancha y orejas grandes, con algo esquivo, mezcla de doblez y cazurrería, en la mirada, sonrió paternalmente a Margot al tiempo que le entregaba la llave de la 103. A mí, sólo me dedicó una fugaz ojeada de soslayo, condescendiente y lastimera.

Cuando la puerta de la habitación 103 se cerró a nuestras espaldas, el resto del mundo desapareció. Literalmente desapareció. Nada tenía sentido salvo aquella cama de sábanas blancas y limpias con olor a lavanda, donde la ternura y el amor, aunque fuese previo pago, encontraron cobijo.

CAPÍTULO VI.-

Al atardecer, a esa hora en que los vencejos se disputan los mejores sitios bajo la copa de los árboles, mi cabeza en su regazo, sus manos deshaciendo los rizos de mi pelo, sentí  una mezcla muy rara de felicidad y extenuación, de desasosiego y lasitud. Una dicha imborrable que sólo se puede sentir una vez. La primera vez.

Me duché, me vestí, me repeiné, y, aún desnuda, recostada sobre unas sábanas con olor a lavanda y sudor, la besé en los labios a modo de despedida.

-         ¿Y ahora, qué vas a hacer? Preguntó.

-         Recordarte toda la vida. Respondí.



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